Hay palabras que suenan continuamente en la literatura del Management, en los programas de desarrollo de directivos, en las conferencias o jornadas que se organizan… Una de ellas, quizá la que más se viene escuchando, es “liderazgo”. Como se sabe, ya en los primeros años 90, hace de ello unos 20 años, se empezó a hablar con insistencia de liderazgo dentro de nuestro mundo empresarial. El término había sido, por supuesto, utilizado mucho antes, e incluso podemos identificar grandes líderes empresariales anteriores a su uso.
Parecía tratarse, sí, de una forma más personal-emocional de dirigir personas; de un modo de etiquetar a aquellos directivos que se ganaban la confianza de su entorno y obtenían la máxima contribución de sus subordinados a los objetivos corporativos. La explosión del término coincidió con los cambios culturales y técnicos que se hacía preciso incorporar a las empresas en el escenario finisecular. Se apuntaba a la vez a la “posición” jerárquica del líder, y a su “relación” con los subordinados-seguidores. Iba emergiendo la economía del capital humano y seguramente se pretendía, en efecto, poner toda la energía psíquica, todo el potencial de los trabajadores, al servicio de las metas empresariales.
Con cierta perspectiva, no faltará quien piense igualmente que, al verse el conocimiento como un valor en alza y fortalecerse la figura del trabajador del saber, el pensar y el crear, había que neutralizar su incremento de relevancia por mor del statu quo, y acaso sujetarlo en la categoría de “recurso humano” o “seguidor” de un jefe-líder; pero las organizaciones más inteligentes de la economía del conocimiento y la innovación parecen percibir, desde hace bastante tiempo, al trabajador como portador de valioso capital humano, y aun apuestan por una sensible dosis de empowerment idóneamente desplegada.
En las últimas cuatro décadas se han manejado, como se recordará, numerosos adjetivos para acompañar al sustantivo liderazgo (situacional, relacional, transformacional, emocional, resonante, carismático, de servicio, ético, visionario, participativo…), y se ha tratado de llenar de significado el término, mediante sucesivos modelos ofrecidos por los expertos (inicialmente de EEUU, pero también hemos contado con modelos nacionales).
En este tiempo, se ha venido incorporando al líder la condición de coach, de emocional o socialmente inteligente, de visionario o estratega, de profesional ejemplar…, diríase que todo ello para mayor gloria del directivo-líder y a menudo restando protagonismo al supuesto seguidor. Con alguna frecuencia se nos ha mostrado una figura de jefe-líder motivador de sus subordinados, y unos subordinados que no desplegarían toda su voluntad sin un jefe-líder que lo lograra; de resultas, quizá el liderazgo haya venido más a capitalizar, en la práctica, la contribución de los trabajadores, que a catalizar su mejor expresión profesional.
En nuestro país, a modo de memes y desde una conocida plataforma de pensamiento empresarial, se ha venido sosteniendo que el auténtico líder es el que logra que los subordinados quieran hacer lo que tienen que hacer, el que logra que lo hagan contentos, el que “trabaja” y “conquista” su inteligencia, su voluntad y sus emociones… Además y al parecer, estos líderes consiguen todo esto “sin manipular” a sus subordinados. Bien está, desde luego, separar el liderazgo de la manipulación, aunque no se descarte que vayan de la mano en algún caso.
Desde esta misma plataforma o club nacional de business experts a que me refería, se sostiene que “la gestión de personas es fundamentalmente gestión de incompetentes”, y se viene a generalizar así la incompetencia, especialmente de los subordinados. Parece estar relacionado con un modelo que apunta a gestionar lo imperfecto. De modo que, al menos en una parte de la literatura, parecen dibujársenos, sí, directivos capitalizadores de los resultados, que han de esforzarse en conseguir la mejor contribución de sus subordinados. Hay, desde luego, otras formas de ver las cosas, y uno suele recordar el Principio de Peter cuando se habla de incompetencia…
Resulta difícil, desde luego, sintetizar el significado —la manifestación— del liderazgo en la empresa, a sabiendas de que cada organización es soberana al desplegar su propio modelo. Es verdad que las consultoras y escuelas de negocios predican el liderazgo y que muchos libros se han escrito; pero son las propias organizaciones las que establecen su estilo particular de dirección. Tampoco faltará quien piense que algunas empresas hablan de liderazgo sin voluntad de concretar demasiado, porque simplemente quieren lanzar a las personas el mensaje de que sigan las instrucciones de sus jefes-líderes. En estos casos, habría quizá más seguidismo que liderazgo.
Parece advertirse asimismo una tendencia en nuestro país a la sinonimia entre dirigir y motivar, como si siguiéramos más instalados en las creencias de la “Teoría X” (trabajadores que eluden el esfuerzo) de Douglas McGregor, que en las de su “Teoría Y” (trabajadores responsables y comprometidos con resultados). Puede que esta sea la diferencia esencial entre las organizaciones que consideramos “inteligentes” (alineadas con las creencias “Y”) y las que consideramos torpes (aunque no ya tan torpes como denunciara Scott Adams).
En ocasiones se viene hablando de liderazgo un poco en vacío, es decir, sin mencionar metas específicas; es como si habláramos de Moisés sin hacerlo de la Tierra Prometida. Si observamos los programas formativos, lógicamente no se habla tanto de hacia dónde lleva el líder a sus seguidores (podrá pensarse en este punto que a veces los ha llevado al desempleo), como de cómo los lleva adonde quiere llevarlos. Esta posible imprecisión de metas podría ir acompañada, acaso, de alguna dosis de manipulación, y no sorprende que haya expertos que se empeñen en efecto en separar el liderazgo de la manipulación, mientras otros admiten el solape, cuando no la plena coincidencia sin tapujos ni ambages.
Seguramente muchos trabajadores dirían que nada hay mejor, al respecto, que un buen jefe-líder en quien confiar, transparente, gestor excelente, alineado con el interés colectivo, efectivo tras la prosperidad deseada, pleno de virtudes profesionales. Pero cabe contar también con ejecutivos que esconden secretos del Consejo de Administración, con directivos que ocultan propósitos e intenciones; cabe contar con superiores jerárquicos (incluidos los diplomados en liderazgo) que manipulan a sus subordinados…
Hay al menos una docena de prácticas manipuladoras que seguramente resultan familiares a no pocos trabajadores con cierta experiencia (promesas, arengas motivadoras, promulgación de memes, generación de deudas de gratitud, cortinas de humo, imputaciones urdidas, encargos-trampa, adulaciones…), pero también hay sin duda directivos, con o sin nimbo de líder, que merecen el reconocimiento de su entorno, como también el más grato recuerdo posterior cuando se van.
Se seguirá hablando de directivos-líderes, se seguirán orquestando másteres de liderazgo, se seguirán añadiendo adjetivos al sustantivo… Ojalá se vayan viendo en mayor medida los frutos deseados, porque hasta ahora parecen haber resultado insuficientes, y han sonado ya voces críticas, incluso de modo insistente, con los programas de las escuelas de negocios.
Quizá más que en líderes y seguidores, el mundo empresarial habría de dividirse en profesionales de la gestión y profesionales técnicos en los diferentes campos o funciones. Acaso los directivos habrían de fijar mayor atención en el futuro lejano, y no tanta en los subordinados próximos, cuyo protagonismo parece pedir paso. Gracias por su atención, desplieguen sus propias reflexiones, y lleguen, si se sienten interesados, a sus propias conclusiones.
lunes, 30 de enero de 2012
Toma de decisiones: 10 principios para decidir con eficacia
Decidir no es fácil: por definición la toma de una decisión implica a su vez una renuncia y siempre conlleva la posibilidad del error. Ese riesgo puede conducirnos a la trampa de la indecisión. Trampa porque, paradójicamente, no se puede no tomar decisiones. El hecho de hacerlo es en sí una decisión con la que entregamos el control de nuestro futuro a los demás y/o a las circunstancias de nuestro entorno.
Como sucede con cualquier otra actividad, a decidir también se aprende. El proceso de toma de decisiones (tanto en el ámbito profesional como en el estrictamente personal) puede venir facilitado cuando se interioriza una serie de principios básicos que resumo a continuación:
Principio 1. Preocúpate por decidir bien más que por acertar
Decidir bien no es lo mismo que acertar. Uno puede errar habiendo tomado la decisión correcta y recíprocamente acertar habiendo adoptado una decisión errónea.
Principio 2. Identifica tus objetivos
No seas Alicia:
El Gato se limitó a sonreír al ver a Alicia. Parece bueno, pensó Alicia; sin embargo, tiene uñas muy largas, y muchísimos dientes, así que comprendió que debía tratarlo con respeto.
– Gatito, gatito, dijo, un poco tímidamente, ya que no sabía si le gustaba que le llamasen así; pero al Gato se le ensanchó la sonrisa. Ante esto, Alicia pensó:”Vaya, de momento parece complacido”, y prosiguió: — ¿te importaría decirme, por favor, qué camino debo tomar desde aquí?
– Eso depende en gran medida de adónde quieres ir, -dijo el Gato.
– ¡No me importa mucho adónde…! –dijo Alicia.
– Entonces, da igual la dirección — dijo el Gato. Añadiendo: ¡Cualquiera que tomes está bien…!
Conocer nuestra meta nos permite actuar en función de nuestros objetivos en lugar de reaccionar ante lo que acontece a nuestro alrededor; nuestro objetivo determinará en gran medida cómo actuaremos. En definitiva, si no sabemos dónde vamos, a diferencia de Alicia, difícilmente llegaremos.
Principio 3. Plantea tus problemas de forma realista
Asúmelo, no eres Superman. Ni siquiera Superlópez. Plantéate objetivos y planes de acción objetivamente realistas.
Principio 4. No te autoengañes, es muy fácil hacerlo
No te ciegues por una idea o alternativa preconcebida; evita buscar argumentos que la avalen sin considerar otros que la cuestionen. No te resistas a aceptar el error si éste llega (mejorará, las cosas cambiarán). Es fácil caer si estamos rodeados de gente que comparte nuestros planteamientos sin cuestionarlos.
Principio 5. Atiende sólo a la información relevante
Entendiendo por información relevante aquella que reduce la incertidumbre a la hora de tomar una decisión y cuyo coste es inferior al beneficio que aporta. No te dejes llevar por suposiciones:
“¡Quién diablos quiere escuchar a los actores hablar!” (Harry Warner, presidente de Warner Brothers, 1927)
“Los grupos con guitarras están en vías de desaparición” (Decca Records, 1962, año de aparición de los Beatles)
“No hay razón alguna por la que un individuo deba tener un ordenador en su casa” (Fabricante de ordenadores, 1977)
Principio 6. Reconoce la incertidumbre y gestionala
Acepta que las cosas no tienen porqué salir cómo las has planeado; plantea escenarios y elabora planes de contingencia para cada una de ellos. No infravalores las consecuencias futuras de tus decisiones frente al presente.
Principio 7. Sé creativo y genera alternativas
La primera alternativa no tiene porqué ser la mejor; cuanto mayor sea el número de opciones, en principio, mayor será la riqueza del proceso de decisión y, si este se sigue correctamente, mayor la calidad de la decisión adoptada. Genera alternativas. Y no te autoimpongas límites al hacerlo.
Principio 8. Ten en cuenta que tus decisiones tienen consecuencias
Tendemos a juzgar nuestras decisiones por lo eficaces que son, obviando las consecuencias que puedan derivarse. A la hora de evaluar alternativas, valora tanto los riesgos como estas consecuencias.
Principio 9. Lo que decidas, ponlo en práctica
No procrastines. Ninguna decisión es buena hasta que se lleva a la práctica: a la decisión le tiene que seguir la acción. Actúa. Adopta como criterio a la hora de evaluar posibles alternativas su aplicabilidad: emplear tiempo en adoptar una decisión que luego no va a poder ponerse en práctica no tiene mucho sentido.
Principio 10. Sé consciente de que no todo es racionalidad
La racionalidad tiene unos límites individuales (la personalidad, la aversión al riesgo, el querer quedar bien, etc.) que generan una forma de pensar distorsionada dependiendo de cada individuo (pesimistas/voluntaristas, los que piensan en que todo es blanco o negro o los que se dejan llevar por las primeras impresiones). Es decir, nuestros sentimientos, nuestra forma de ser, influyen en nuestras decisiones.
Existen igualmente límites organizacionales asociados a comportamientos políticos y de grupo (un ejemplo muy simple: la Paradoja de Abilene) que pueden alterar el desarrollo del proceso de toma de decisiones.
Sé consciente en todo momento del efecto que ambas dimensiones pueden tener en tu caso. Conócete a ti mismo y a tu entorno.
Como sucede con cualquier otra actividad, a decidir también se aprende. El proceso de toma de decisiones (tanto en el ámbito profesional como en el estrictamente personal) puede venir facilitado cuando se interioriza una serie de principios básicos que resumo a continuación:
Principio 1. Preocúpate por decidir bien más que por acertar
Decidir bien no es lo mismo que acertar. Uno puede errar habiendo tomado la decisión correcta y recíprocamente acertar habiendo adoptado una decisión errónea.
Principio 2. Identifica tus objetivos
No seas Alicia:
El Gato se limitó a sonreír al ver a Alicia. Parece bueno, pensó Alicia; sin embargo, tiene uñas muy largas, y muchísimos dientes, así que comprendió que debía tratarlo con respeto.
– Gatito, gatito, dijo, un poco tímidamente, ya que no sabía si le gustaba que le llamasen así; pero al Gato se le ensanchó la sonrisa. Ante esto, Alicia pensó:”Vaya, de momento parece complacido”, y prosiguió: — ¿te importaría decirme, por favor, qué camino debo tomar desde aquí?
– Eso depende en gran medida de adónde quieres ir, -dijo el Gato.
– ¡No me importa mucho adónde…! –dijo Alicia.
– Entonces, da igual la dirección — dijo el Gato. Añadiendo: ¡Cualquiera que tomes está bien…!
Conocer nuestra meta nos permite actuar en función de nuestros objetivos en lugar de reaccionar ante lo que acontece a nuestro alrededor; nuestro objetivo determinará en gran medida cómo actuaremos. En definitiva, si no sabemos dónde vamos, a diferencia de Alicia, difícilmente llegaremos.
Principio 3. Plantea tus problemas de forma realista
Asúmelo, no eres Superman. Ni siquiera Superlópez. Plantéate objetivos y planes de acción objetivamente realistas.
Principio 4. No te autoengañes, es muy fácil hacerlo
No te ciegues por una idea o alternativa preconcebida; evita buscar argumentos que la avalen sin considerar otros que la cuestionen. No te resistas a aceptar el error si éste llega (mejorará, las cosas cambiarán). Es fácil caer si estamos rodeados de gente que comparte nuestros planteamientos sin cuestionarlos.
Principio 5. Atiende sólo a la información relevante
Entendiendo por información relevante aquella que reduce la incertidumbre a la hora de tomar una decisión y cuyo coste es inferior al beneficio que aporta. No te dejes llevar por suposiciones:
“¡Quién diablos quiere escuchar a los actores hablar!” (Harry Warner, presidente de Warner Brothers, 1927)
“Los grupos con guitarras están en vías de desaparición” (Decca Records, 1962, año de aparición de los Beatles)
“No hay razón alguna por la que un individuo deba tener un ordenador en su casa” (Fabricante de ordenadores, 1977)
Principio 6. Reconoce la incertidumbre y gestionala
Acepta que las cosas no tienen porqué salir cómo las has planeado; plantea escenarios y elabora planes de contingencia para cada una de ellos. No infravalores las consecuencias futuras de tus decisiones frente al presente.
Principio 7. Sé creativo y genera alternativas
La primera alternativa no tiene porqué ser la mejor; cuanto mayor sea el número de opciones, en principio, mayor será la riqueza del proceso de decisión y, si este se sigue correctamente, mayor la calidad de la decisión adoptada. Genera alternativas. Y no te autoimpongas límites al hacerlo.
Principio 8. Ten en cuenta que tus decisiones tienen consecuencias
Tendemos a juzgar nuestras decisiones por lo eficaces que son, obviando las consecuencias que puedan derivarse. A la hora de evaluar alternativas, valora tanto los riesgos como estas consecuencias.
Principio 9. Lo que decidas, ponlo en práctica
No procrastines. Ninguna decisión es buena hasta que se lleva a la práctica: a la decisión le tiene que seguir la acción. Actúa. Adopta como criterio a la hora de evaluar posibles alternativas su aplicabilidad: emplear tiempo en adoptar una decisión que luego no va a poder ponerse en práctica no tiene mucho sentido.
Principio 10. Sé consciente de que no todo es racionalidad
La racionalidad tiene unos límites individuales (la personalidad, la aversión al riesgo, el querer quedar bien, etc.) que generan una forma de pensar distorsionada dependiendo de cada individuo (pesimistas/voluntaristas, los que piensan en que todo es blanco o negro o los que se dejan llevar por las primeras impresiones). Es decir, nuestros sentimientos, nuestra forma de ser, influyen en nuestras decisiones.
Existen igualmente límites organizacionales asociados a comportamientos políticos y de grupo (un ejemplo muy simple: la Paradoja de Abilene) que pueden alterar el desarrollo del proceso de toma de decisiones.
Sé consciente en todo momento del efecto que ambas dimensiones pueden tener en tu caso. Conócete a ti mismo y a tu entorno.
domingo, 29 de enero de 2012
Las 9 cosas que los dueños de negocios nunca deben decir
En términos de la imagen proyectada, usualmente los CEOs, ejecutivos y por supuesto los propietarios se preocupan por cómo lucen. Sin embargo, las ideas que se expresan, y cómo se expresan, también pesan enormemente en la impresión que los demás tienen de ellos.
Por eso, la revista estadounidense INC. Magazine propone una lista de nueve cosas que los dueños nunca deberían decir.
1. "Lo único que necesito es una gran idea": Jamás debe decirse algo así delante de nadie y menos de empleados, por la sencilla razón de que todos queremos creer que somos capaces de tener y proponer grandiosas ideas. Cuando el jefe manifiesta una carencia de estas, no sólo se ve incapaz de generar una por sí mismo, sino que tampoco valora las de su equipo o empleados. Por último, también es cierto que cualquier idea puede ser buena, pero lo importante es su ejecución, entonces la gran idea quizás es implementar las ideas que ya han propuesto.
2. "Me lo merezco": Claro, cualquiera que trabaja arduo y se sacrifica merece recompensas. Pero trabajar duro, y sacrificarse, no implica necesariamente generar resultados. Lo único que mereces es lo que obtienes. Por lo tanto, un jefe jamás debería desviar dinero de su empresa para premiarse a sí mismo (y si lo hace, nunca decirlo). La recompensa debe llegar cuando el negocio ya se ha desarrollado y ha generado suficiente efectivo.
3. "Podría ser exitoso si sólo tuviera más capital": Ningún negocio tiene suficiente capital. Estudios indican que los pequeños emprendimientos comienzan con menos de cinco mil dólares y sus dueños usaron parcial o totalmente los fondos de sus tarjetas de crédito para financiar su negocio. Puede ser que el dueño tenga poco control sobre cuánto efectivo tiene a mano, pero si tiene mucho control sobre las ganancias generadas y la determinación de los costos.
4. "Todo lo que necesitamos es cortar algunos costos": Aunque suene tentadora la idea de que cortar gastos conduce a mayores ganancias, se ha demostrado que por el contrario, cortar sobre todo en márketing y ventas hace la gestión mucho más difícil.
5. “Al menos los clientes son leales”: La lealtad es difícil de ganar y se pierde fácilmente. La lealtad de los clientes se basa en sus propios intereses, por tanto, es mejor para el dueño tener muy en cuenta que los precios altos, la calidad del servicio debe ser impecable, para compensar la diferencia con las ofertas de la competencia.
6. “Quiero que seamos todos una gran familia feliz”: Está bien que los propietarios busquen crear un ambiente amistoso, y de apoyo a los empleados, pero los negocios van mejor si no operan como una familia, porque de la misma manera que los clientes, los empleados también velan por sus propios intereses y si los intereses del dueño no se alinean a los suyos, entonces buscarán a dónde irse. Un dueño siempre debe tener en cuenta que sin ganancias, en los negocios ninguna familia se mantiene unida.
7. “Sólo soy uno entre mil”: Puede ser, pero hasta cierto punto. Los empleados son importantes, pero el dueño ostenta mayor jerarquía y por tanto, más responsabilidad. Al final el negocio es un reflejo de su dueño, y fracasará si su propietario falla en reconocer su propia responsabilidad.
8. “Seré paciente y dejaré que se corra la voz de lo bien que funciona el negocio y así crecerá”: La voz se corre, sí, pero de forma incierta, lenta, y muy poco controlable. Los clientes no se convertirán en los voceros del negocio. Salvo raras excepciones, la manera de hacer crecer un negocio es ser activo en el área de márketing y ventas.
9. “Quizás no debería meterme en eso”: Algunas veces un dueño debe tomar cartas en el desempeño de sus empleados. Está bien dejar que ellos aprendan de sus propios errores, pero hay veces que se necesita la intervención del propietario. Antes de delegar una tarea, un dueño debe decidir cuán lejos dejará que su empleado llegue, cuánta responsabilidad delegará. Y con todo, debe mantener control sobre sus acciones y exgir reportes cuando lo considere necesario.
Por eso, la revista estadounidense INC. Magazine propone una lista de nueve cosas que los dueños nunca deberían decir.
1. "Lo único que necesito es una gran idea": Jamás debe decirse algo así delante de nadie y menos de empleados, por la sencilla razón de que todos queremos creer que somos capaces de tener y proponer grandiosas ideas. Cuando el jefe manifiesta una carencia de estas, no sólo se ve incapaz de generar una por sí mismo, sino que tampoco valora las de su equipo o empleados. Por último, también es cierto que cualquier idea puede ser buena, pero lo importante es su ejecución, entonces la gran idea quizás es implementar las ideas que ya han propuesto.
2. "Me lo merezco": Claro, cualquiera que trabaja arduo y se sacrifica merece recompensas. Pero trabajar duro, y sacrificarse, no implica necesariamente generar resultados. Lo único que mereces es lo que obtienes. Por lo tanto, un jefe jamás debería desviar dinero de su empresa para premiarse a sí mismo (y si lo hace, nunca decirlo). La recompensa debe llegar cuando el negocio ya se ha desarrollado y ha generado suficiente efectivo.
3. "Podría ser exitoso si sólo tuviera más capital": Ningún negocio tiene suficiente capital. Estudios indican que los pequeños emprendimientos comienzan con menos de cinco mil dólares y sus dueños usaron parcial o totalmente los fondos de sus tarjetas de crédito para financiar su negocio. Puede ser que el dueño tenga poco control sobre cuánto efectivo tiene a mano, pero si tiene mucho control sobre las ganancias generadas y la determinación de los costos.
4. "Todo lo que necesitamos es cortar algunos costos": Aunque suene tentadora la idea de que cortar gastos conduce a mayores ganancias, se ha demostrado que por el contrario, cortar sobre todo en márketing y ventas hace la gestión mucho más difícil.
5. “Al menos los clientes son leales”: La lealtad es difícil de ganar y se pierde fácilmente. La lealtad de los clientes se basa en sus propios intereses, por tanto, es mejor para el dueño tener muy en cuenta que los precios altos, la calidad del servicio debe ser impecable, para compensar la diferencia con las ofertas de la competencia.
6. “Quiero que seamos todos una gran familia feliz”: Está bien que los propietarios busquen crear un ambiente amistoso, y de apoyo a los empleados, pero los negocios van mejor si no operan como una familia, porque de la misma manera que los clientes, los empleados también velan por sus propios intereses y si los intereses del dueño no se alinean a los suyos, entonces buscarán a dónde irse. Un dueño siempre debe tener en cuenta que sin ganancias, en los negocios ninguna familia se mantiene unida.
7. “Sólo soy uno entre mil”: Puede ser, pero hasta cierto punto. Los empleados son importantes, pero el dueño ostenta mayor jerarquía y por tanto, más responsabilidad. Al final el negocio es un reflejo de su dueño, y fracasará si su propietario falla en reconocer su propia responsabilidad.
8. “Seré paciente y dejaré que se corra la voz de lo bien que funciona el negocio y así crecerá”: La voz se corre, sí, pero de forma incierta, lenta, y muy poco controlable. Los clientes no se convertirán en los voceros del negocio. Salvo raras excepciones, la manera de hacer crecer un negocio es ser activo en el área de márketing y ventas.
9. “Quizás no debería meterme en eso”: Algunas veces un dueño debe tomar cartas en el desempeño de sus empleados. Está bien dejar que ellos aprendan de sus propios errores, pero hay veces que se necesita la intervención del propietario. Antes de delegar una tarea, un dueño debe decidir cuán lejos dejará que su empleado llegue, cuánta responsabilidad delegará. Y con todo, debe mantener control sobre sus acciones y exgir reportes cuando lo considere necesario.
Consejos en la Gestion de Pequeñas Empresas
La gestión para las pequeñas empresas requiere una formación adecuada. Con este descubrimiento en mente, hay muchas escuelas de administración de empresas y universidades que se han creado alrededor de los Estados Unidos y Latinoamerica.
Un análisis a fondo en el mundo empresarial muestra que la mayoría de las empresas en el mercado son las empresas pequeñas y medianas empresas. La mayoría de ellas han sobrevivido de la fuerza de un conocimiento adecuado acerca de que es la gestion documental y las demas gestiones que implica el mundo empresarial.
La formación sobre la gestión requiere para captar la sociológica, control psicológico y los factores económicos. Los estudiantes necesitan ser animados a ser de mente abierta si las empresas se van a establecer son para sobrevivir a la competencia y la constante evolución de las tendencias del mercado.
La idea de que puestos de trabajo altamente pagados sólo están disponibles en las grandes corporaciones debe ser quitado de la mente de los potenciales hombres de negocios a venir. En cualquier caso, la economía de Estados Unidos y Latinoamerica depende en gran medida de las empresas pequeñas y medianas próximo. El gobierno incluso ha buscado estrategias en cuanto a la gestion de empresas y la forma de impulsar diferentes iniciativas.
Los cursos de gestión debe explorar la naturaleza de las pequeñas empresas, su alcance o cobertura, las competencias necesarias, así como la tecnología y los conocimientos necesarios en el mismo. La gestión de las finanzas deberían ser la base de estos cursos. La investigación muestra que muchas empresas pequeñas son conducidas fuera de servicio debido a la falta de equilibrio entre las entradas y salidas.
Otras habilidades de gestión que necesitan ser enseñadas en las universidades incluyen la contabilidad y teneduría de libros, gestión del tiempo, gestión de recursos humanos, que también es clave en el manejo del personal empleado en estas empresas. La gestión de proyectos, gestión de venta, gestión de datos, gestion del conocimiento, gestión de la oficina, entre otros, también debe hacerse bastante hincapié.
Un análisis a fondo en el mundo empresarial muestra que la mayoría de las empresas en el mercado son las empresas pequeñas y medianas empresas. La mayoría de ellas han sobrevivido de la fuerza de un conocimiento adecuado acerca de que es la gestion documental y las demas gestiones que implica el mundo empresarial.
La formación sobre la gestión requiere para captar la sociológica, control psicológico y los factores económicos. Los estudiantes necesitan ser animados a ser de mente abierta si las empresas se van a establecer son para sobrevivir a la competencia y la constante evolución de las tendencias del mercado.
La idea de que puestos de trabajo altamente pagados sólo están disponibles en las grandes corporaciones debe ser quitado de la mente de los potenciales hombres de negocios a venir. En cualquier caso, la economía de Estados Unidos y Latinoamerica depende en gran medida de las empresas pequeñas y medianas próximo. El gobierno incluso ha buscado estrategias en cuanto a la gestion de empresas y la forma de impulsar diferentes iniciativas.
Los cursos de gestión debe explorar la naturaleza de las pequeñas empresas, su alcance o cobertura, las competencias necesarias, así como la tecnología y los conocimientos necesarios en el mismo. La gestión de las finanzas deberían ser la base de estos cursos. La investigación muestra que muchas empresas pequeñas son conducidas fuera de servicio debido a la falta de equilibrio entre las entradas y salidas.
Otras habilidades de gestión que necesitan ser enseñadas en las universidades incluyen la contabilidad y teneduría de libros, gestión del tiempo, gestión de recursos humanos, que también es clave en el manejo del personal empleado en estas empresas. La gestión de proyectos, gestión de venta, gestión de datos, gestion del conocimiento, gestión de la oficina, entre otros, también debe hacerse bastante hincapié.
Para ser responsable no basta con la responsabilidad
Arrastramos horas y horas discutiendo por activa y por pasiva sobre la importancia y la necesidad de la responsabilidad. Con resultados a menudo perfectamente descriptibles, por cierto. Y quizás ha llegado el momento de insistir en que para ser responsable no basta con la responsabilidad.
Entendámonos bien. Hablar de responsabilidades -e incluso empezar hablando de responsabilidades- es sano, y a menudo tiene un efecto depurativo. Llevamos tanto tiempo hablando de valores, de su crisis, de sus subidas y bajadas, que poner a la responsabilidad en el centro de los debates y las preocupaciones nos ayuda a focalizarnos. Nos hace hablar de la acción, de lo que alguien hace, de su actividad. Y, sobre todo, de las consecuencias -presentes o ausentes- de esta acción. El acento en la responsabilidad es el triunfo póstumo de Goethe: en el principio era la acción. Hablamos de la acción, y no de los principios generales con los que es casi imposible no estar de acuerdo porque, en definitiva, incluso cuando se trata de principios lo que realmente importa son los finales: a dónde se va a parar en nombre de los principios más excelsos.
La responsabilidad, por otra parte, es más fácil: habla de hechos, porque las consecuencias son el paraíso de los hechos. ¿Fácil, digo? Vayamos por partes. Todos estamos entrenados desde pequeños a manejarnos con un consecuencialismo de patio de colegio, el que funciona según el esquema causa-efecto: señorita, este niño me ha pegado…; o… no se irá nadie de clase hasta que se sepa quién ha sido. Y como nos hemos acostumbrado a la desdichada vinculación entre responsabilidad y culpabilidad (¡como si fueran sinónimos!), hemos asumido que la aclaración de responsabilidades correlaciona directamente con el binomio premio-castigo. Una gran parte del debate de la RSE, por ejemplo, no deja de ser un debate de patio de colegio: puede haber millones y/o vidas en juego, pero el tipo de debate es de patio de colegio, es decir, qué le pasará a la empresa que no haga los deberes.
Y eso hace que olvidemos lo que nunca deberíamos haber olvidado: que el debate sobre las acciones es siempre un debate sobre interpretaciones. Porque a veces -¡no siempre!- la señorita preguntaba: y por qué lo has hecho? Si hacemos el sano ejercicio de mirar varias cadenas de televisión narrando los mismos hechos, constataremos que nos ofrecen las mismas imágenes, pero que unas hablan de terrorismo y otras de martirio o de heroicidad, por ejemplo. O, si queremos atender a otras formas más sublimadas de violencia, sólo tenemos que curiosear, después de un partido de máxima rivalidad, las informaciones y los comentarios de los medios de comunicación vinculados a cada equipo. No hay responsabilidad sin hechos, pero no hay responsabilidad sin narración de los hechos. Y eso significa que la cosa ya se nos complica un poco: somos tan responsables de lo que pasa como de la narración que hacemos de ello.
Pero esta no es la única complicación. Porque en nuestras sociedades complejas pasan cosas, y a veces cosas muy graves. Hay consecuencias deplorables… sin que podamos atribuir la responsabilidad a un causante claro y definido. Es como cuando nos encontramos en medio de un atasco en la autopista: mascullamos porque todo el mundo vuelve a la misma hora… pero no nos incluimos nosotros en todo el mundo. Hemos contribuido a causar el efecto que deploramos, pero no nos sentimos responsables, entre otras razones, porque sabemos perfectamente que si nosotros no estuviéramos otro ocuparía nuestro lugar: yo no soy responsable del atasco (porque ocurriría conmigo o sin mí), pero sufro las consecuencias, y de eso me quejo, claro. En todo caso, la responsabilidad (la culpa?) será probablemente de las autoridades del tránsito, que no lo regulan; de los políticos, que no invierten en infraestructuras. Del mismo modo que, cuando vemos las calles sucias, nos quejamos de que el ayuntamiento no limpia, pero nunca de que la gente ensucia: ¿quién es la gente? Prisioneros de la lógica causa-efecto no sabemos abordar aquellas situaciones en las que las consecuencias no son atribuibles directamente en exclusiva a un causante definido. ¿De qué sirve que yo deje de contaminar si nadie más lo hace, y encima salgo perjudicado? ¿Por qué alguna autoridad no nos obliga a todos a hacer lo mismo? El debate de la RSE no ha resuelto -ni resolverá- nunca de manera convincente la polémica regulación-voluntariedad porque está prisionero de una comprensión de la responsabilidad producto de afrontar con mentalidad de patio de colegio la responsabilidad compleja, propia de nuestras sociedades complejas. Que se eleva a la enésima potencia cuando las consecuencias de las acciones están lejos, sea en el espacio o en el tiempo: entonces ya no sólo no hay –aparentemente- causante, sino que no vemos los efectos. Resultado: ya no hay responsabilidades, simplemente, cosas “que pasan”.
El debate sobre la responsabilidad no se puede reducir al debate sobre las consecuencias. Debemos debatir sobre los efectos de la acción, ciertamente, pero también sobre el propósito de la acción. Somos responsables de lo que hacemos porque también -ya la vez- somos responsables de lo que nos mueve y de lo que nos proponemos. Hoy el debate sobre la responsabilidad es indisociable del debate sobre el futuro que contribuimos a crear, pero también sobre el futuro que queremos construir. Y, por tanto, del debate sobre el propósito. Sin embargo, muchos de los debates sobre responsabilidades (ejercidas o atribuidas) son debates sobre hechos. Sólo sobre hechos. Y a menudo queremos cambiar los hechos, dejando los propósitos intactos. Queremos cambiar las actuaciones empresariales sin cuestionar los propósitos empresariales. Más aún: queremos cambiar las actuaciones empresariales sin cambiar los propósitos que explican en última instancia que estas actuaciones se hayan producido. ¿Y de verdad creemos que podemos debatir sobre hechos -o cambiarlos- sin debatir sobre propósitos -o cambiarlos?
No sólo somos responsables de lo que hacemos. También lo somos de lo que nos proponemos. Y a veces me temo que los debates sobre lo que hacemos o dejamos de hacer, sobre si gestionar de esta manera o de otra, no son más que debates que nos permiten evitar el abordaje del àmbito que siempre queremos preservar: el debate sobre el propósito. Estamos dispuestos tal vez a hacer correcciones sobre lo que hacemos, pero de ninguna manera sobre lo que queremos. En la vida, en el trabajo, en la empresa, en la sociedad… ¿cuál es nuestro propósito? ¿Y si de vez en cuando lleváramos al debate lo que nos proponemos? Sólo así podremos saber de qué hablamos cuando hablamos de responsabilidad.
Entendámonos bien. Hablar de responsabilidades -e incluso empezar hablando de responsabilidades- es sano, y a menudo tiene un efecto depurativo. Llevamos tanto tiempo hablando de valores, de su crisis, de sus subidas y bajadas, que poner a la responsabilidad en el centro de los debates y las preocupaciones nos ayuda a focalizarnos. Nos hace hablar de la acción, de lo que alguien hace, de su actividad. Y, sobre todo, de las consecuencias -presentes o ausentes- de esta acción. El acento en la responsabilidad es el triunfo póstumo de Goethe: en el principio era la acción. Hablamos de la acción, y no de los principios generales con los que es casi imposible no estar de acuerdo porque, en definitiva, incluso cuando se trata de principios lo que realmente importa son los finales: a dónde se va a parar en nombre de los principios más excelsos.
La responsabilidad, por otra parte, es más fácil: habla de hechos, porque las consecuencias son el paraíso de los hechos. ¿Fácil, digo? Vayamos por partes. Todos estamos entrenados desde pequeños a manejarnos con un consecuencialismo de patio de colegio, el que funciona según el esquema causa-efecto: señorita, este niño me ha pegado…; o… no se irá nadie de clase hasta que se sepa quién ha sido. Y como nos hemos acostumbrado a la desdichada vinculación entre responsabilidad y culpabilidad (¡como si fueran sinónimos!), hemos asumido que la aclaración de responsabilidades correlaciona directamente con el binomio premio-castigo. Una gran parte del debate de la RSE, por ejemplo, no deja de ser un debate de patio de colegio: puede haber millones y/o vidas en juego, pero el tipo de debate es de patio de colegio, es decir, qué le pasará a la empresa que no haga los deberes.
Y eso hace que olvidemos lo que nunca deberíamos haber olvidado: que el debate sobre las acciones es siempre un debate sobre interpretaciones. Porque a veces -¡no siempre!- la señorita preguntaba: y por qué lo has hecho? Si hacemos el sano ejercicio de mirar varias cadenas de televisión narrando los mismos hechos, constataremos que nos ofrecen las mismas imágenes, pero que unas hablan de terrorismo y otras de martirio o de heroicidad, por ejemplo. O, si queremos atender a otras formas más sublimadas de violencia, sólo tenemos que curiosear, después de un partido de máxima rivalidad, las informaciones y los comentarios de los medios de comunicación vinculados a cada equipo. No hay responsabilidad sin hechos, pero no hay responsabilidad sin narración de los hechos. Y eso significa que la cosa ya se nos complica un poco: somos tan responsables de lo que pasa como de la narración que hacemos de ello.
Pero esta no es la única complicación. Porque en nuestras sociedades complejas pasan cosas, y a veces cosas muy graves. Hay consecuencias deplorables… sin que podamos atribuir la responsabilidad a un causante claro y definido. Es como cuando nos encontramos en medio de un atasco en la autopista: mascullamos porque todo el mundo vuelve a la misma hora… pero no nos incluimos nosotros en todo el mundo. Hemos contribuido a causar el efecto que deploramos, pero no nos sentimos responsables, entre otras razones, porque sabemos perfectamente que si nosotros no estuviéramos otro ocuparía nuestro lugar: yo no soy responsable del atasco (porque ocurriría conmigo o sin mí), pero sufro las consecuencias, y de eso me quejo, claro. En todo caso, la responsabilidad (la culpa?) será probablemente de las autoridades del tránsito, que no lo regulan; de los políticos, que no invierten en infraestructuras. Del mismo modo que, cuando vemos las calles sucias, nos quejamos de que el ayuntamiento no limpia, pero nunca de que la gente ensucia: ¿quién es la gente? Prisioneros de la lógica causa-efecto no sabemos abordar aquellas situaciones en las que las consecuencias no son atribuibles directamente en exclusiva a un causante definido. ¿De qué sirve que yo deje de contaminar si nadie más lo hace, y encima salgo perjudicado? ¿Por qué alguna autoridad no nos obliga a todos a hacer lo mismo? El debate de la RSE no ha resuelto -ni resolverá- nunca de manera convincente la polémica regulación-voluntariedad porque está prisionero de una comprensión de la responsabilidad producto de afrontar con mentalidad de patio de colegio la responsabilidad compleja, propia de nuestras sociedades complejas. Que se eleva a la enésima potencia cuando las consecuencias de las acciones están lejos, sea en el espacio o en el tiempo: entonces ya no sólo no hay –aparentemente- causante, sino que no vemos los efectos. Resultado: ya no hay responsabilidades, simplemente, cosas “que pasan”.
El debate sobre la responsabilidad no se puede reducir al debate sobre las consecuencias. Debemos debatir sobre los efectos de la acción, ciertamente, pero también sobre el propósito de la acción. Somos responsables de lo que hacemos porque también -ya la vez- somos responsables de lo que nos mueve y de lo que nos proponemos. Hoy el debate sobre la responsabilidad es indisociable del debate sobre el futuro que contribuimos a crear, pero también sobre el futuro que queremos construir. Y, por tanto, del debate sobre el propósito. Sin embargo, muchos de los debates sobre responsabilidades (ejercidas o atribuidas) son debates sobre hechos. Sólo sobre hechos. Y a menudo queremos cambiar los hechos, dejando los propósitos intactos. Queremos cambiar las actuaciones empresariales sin cuestionar los propósitos empresariales. Más aún: queremos cambiar las actuaciones empresariales sin cambiar los propósitos que explican en última instancia que estas actuaciones se hayan producido. ¿Y de verdad creemos que podemos debatir sobre hechos -o cambiarlos- sin debatir sobre propósitos -o cambiarlos?
No sólo somos responsables de lo que hacemos. También lo somos de lo que nos proponemos. Y a veces me temo que los debates sobre lo que hacemos o dejamos de hacer, sobre si gestionar de esta manera o de otra, no son más que debates que nos permiten evitar el abordaje del àmbito que siempre queremos preservar: el debate sobre el propósito. Estamos dispuestos tal vez a hacer correcciones sobre lo que hacemos, pero de ninguna manera sobre lo que queremos. En la vida, en el trabajo, en la empresa, en la sociedad… ¿cuál es nuestro propósito? ¿Y si de vez en cuando lleváramos al debate lo que nos proponemos? Sólo así podremos saber de qué hablamos cuando hablamos de responsabilidad.
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